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Cenizas del olvido

“…no podré despojarme de aquella atroz pesadilla ni aún cuando se detenga mi corazón en llamas ni  cuando se apaguen extinguiéndose en el olvido los tristes recuerdos de mi memoria.”

Roxana Contreras.

Ésta ha sido para mí una experiencia horrorosa. He decidido relatarla al solo efecto de depositarla en estas pobres hojas, encerrarla en el olvido y enterrarla fuera de mi memoria. Años he llevado tratando de despojarme de esta horripilante verdad que pesa sobre mis hombros y duele en todo mi cuerpo y alma, hundiéndome cada vez más en un abismo incierto. He sufrido toda mi vida soportando este cruel cargo de conciencia y ahora, de alguna manera, veo en este relato la forma de sacarlo de mi mente, de sacarme este peso enorme de encima porque creo que depositándolo aquí en palabras que se vuelven lágrimas, es también una forma de liberarme de este terrible cargo de conciencia y a la vez, dar homenaje a la memoria de quien tanto amé, dando a conocer estos hechos, dejando en mis liquidas palabras mi propio testimonio para aquellos que no conocían sobre estos hechos antes de que el tiempo y el olvido devoren hasta mi último suspiro. Claro que para el momento en que lleguen a leer este relato ya habrá estado todo terminado. Solo me queda esperar con una paciencia cortante a que llegue la verdadera justicia, la implacable, esa que viene de las profundas divinidades del cielo… si es que realmente existe… en algún rincón olvidado.

Transcurría el año 1882, cuando conocí a Aubert. Fue alrededor del mes de Enero, cuando yo paseaba por la zona comercial de Le Pecq, Francia. Por aquel entonces solía visitar de vez en cuando esa zona, tal vez porque necesitaba algo para mí o simplemente para liberarme de mi marido durante algunas horas. La relación con él por momentos se tornaba insoportable, otras no tanto. A finales de Enero, fue cuando volví a ir a la zona comercial, pero ésta vez y ya que estaba de paso, llevaba un encargo de mi marido. Él era farmacéutico y en su farmacia faltaban algunos elementos que él necesitaba para preparar algunos medicamentos. Ya que yo iba hacia ese lugar a dar un paseo, me encargó que le traiga esos componentes faltantes para su quehacer laboral en su farmacia. Le prometí que traería lo que él necesitaba. Me había recomendado ir exactamente a una farmacia en particular porque según él, su viejo amigo le facilitaría lo que él precisaba, aparentemente con suma urgencia. Me recomendó que fuera exclusivamente allí porque el dueño de esa farmacia era un viejo conocido suyo, de quien verdaderamente yo nunca había visto ni había oído hablar de él antes. Ignoraba por completo de qué personaje se trataba. Aclaro que mi marido era unos cuantos años mayor que yo y que había cosas, detalles, sobre su vida que todavía, después de tres años de matrimonio, yo no conocía. Él era una persona muy hermética, hablaba poco, lo justo y necesario. A él le gustaba dar las órdenes y tener el control sobre todas las cosas que se acercaran a él o que tuvieran algún contacto con su vida.

Cuando llegué al lugar caminé haciendo el recorrido habitual y luego entré a la farmacia recomendada para comprar lo que estaba buscando. Creo que habrá sido amor a primera vista como dicen algunos, que si esas cosas existen en verdad puedo asegurarles que sí. Aquella farmacia era atendida por el señor Aubert, el supuesto viejo amigo de mi marido. Se conocían desde hacía años porque juntos cursaron la misma carrera cuando eran más jóvenes, el destino los separó y más tarde los había vuelto a reunir. Cuando llegó mi turno, fui atendida por él mismo. Me despachó muy amablemente desde su saludo tan cordial hasta el último minuto en que yo tenía todavía  mis pies en su propiedad, segundos antes de partir. Su atención y amabilidad no dejaban de sorprenderme. Cada vez que aquel evento volvía a mi memoria, sentía tal estremecimiento que no podía dejar de reparar en aquel hombre tan amable y su actitud para conmigo y en la manera en que él me miraba y más aun cambio su actitud cuando le había dicho yo que venía de parte de mi marido.

Pasaron algunos días y volví a ir a aquella farmacia en busca de más componentes faltantes para la preparación de medicamentos que mi  marido necesitaba. Desde la primera vez que fui allí, siempre fui atendida de mil maravillas. Así pasaron los días y se fueron multiplicando las ocasiones en que yo iba a la farmacia en busca de medicamentos o componentes para la preparación de estos. Llegó un momento en el que guiada por mis instintos y por cierta necesidad imperiosa de estar cerca de él,  me era imprescindible ir a la zona comercial de Le Pecq y pasar por aquel lugar para sentir su presencia. Me era imperdonable estar en aquella zona y no pasar a saludar por la farmacia.

Un buen día llevé una cordial invitación a Aubert de parte de mi marido. Ese día estuvimos charlando en su farmacia, luego me invitó un café, invitación que acepté gustosa y así continuamos una larga charla hasta que fuimos sorprendidos por la hora que era. Me despedí y regresé a mi casa. A los dos días, Aubert estaba de visita en casa. Cenamos los tres: Aubert, mi marido y yo. No tardó mucho tiempo para que esa cena se reiterara, y no tardaron tampoco en llegar algún que otro almuerzo que compartimos los tres juntos. Aubert y mi marido eran buenos amigos, pero Aubert pronto o desde hacía ya algún tiempo mostraba un interés más grande en algo que nada tenía que ver con esta aparentemente irrompible amistad fraterna.

De un día a otro, Aubert empezó a visitar más seguido nuestra casa (tal vez fue esto lo que comenzó a despertar la conciencia de mi marido y empezó a acrecentar ciertas sospechas en él), y venía aún en horarios en que mi marido estaba fuera de casa. Parecía conocer perfectamente estos horarios en que sabía que me encontraría sola en mi hogar. Así fue, un día de estos en sus visitas furtivas, como me declaró su amor al cual me fue imposible resistirme. Parecíamos estar unidos por un lazo invisible que nos unía con todas sus fuerzas. Este lazo parecía ser y hacernos indestructibles ante cualquier evento desagradable en que pudiéramos vernos envueltos o involucrados de alguna u otra manera. Este lazo que nos unía se iba fortificando aún más con el paso del tiempo. Llegamos a ser irremediablemente inseparables.

Llevábamos ya algunos meses de estar juntos y de alguna forma podía decirse que éramos inseparablemente indestructibles estando  juntos. Aubert fue, es y seguirá siendo el gran amor de mi vida. Creo que nunca podré olvidarme de él ni aún cuando la muerte me envuelva en sus inertes sombras y se apodere de mi presencia.

Desconozco cuál fue el detonante de toda sospecha en mi marido, quien alarmado por el asunto se vio obligado a hablar con mi padre. Mi padre era un hombre frío y calculador, anticuado y necio. Era un hombre rígido que le gustaba que sus órdenes fueran cumplidas al pie de la letra. En estas características se parecía a mi marido. Como todo hombre en esa época, las únicas ideas y pensamientos que sus neuronas eran capaz de captar y reproducir eran las que se transmitían y heredaban de generación en generación, cerradas herméticamente ante cualquier mínima posibilidad de cambio o renovación.

Recuerdo un día en el que regresaba a mi casa después de dar un paseo por la ciudad. Encontré a mi marido un tanto alterado, con un aire indescriptible salió de su despacho y se dirigió hacia el living. Allí, esperando, se encontraba mi padre. Indudablemente ambos esperaban mi regreso. Llegué, saludé a ambos, subí a mi tocador y luego bajé acudiendo a su encuentro.

No quiero recordar ciertos detalles ya que me abruman en demasía hasta llegar al punto tal de apesadumbrar aun más mi conciencia de una  manera inexplicable. Mi padre y mi marido me comentaron que habían alquilado una casita en el lado Este de la ciudad, en las cercanías del río Sena. Me pidieron primero que citara a Aubert en esa dirección bajo el argumento de ir los tres juntos a pasar unos días cerca del río. Algo sonaba un tanto raro, muy raro para mi gusto. No me explicaba la intromisión y la insistencia de mi padre en el asunto. Además no estaba previsto que él fuera a pasar unos días allí con nosotros. Sentía que algo escondían los dos y pretendían engatusarme. Podía presentir algo, pero no tenía la plena certeza de qué era, de qué se trataba. No podía terminar de figurármelo.

Seguimos conversando los tres. Les manifesté mis pensamientos de por qué tenía que ser yo quien tuviera la obligación de invitarlo. Si, tan amigo suyo era mi marido tranquilamente bien podía haberlo invitado él mismo a pasar unos días en la casa alquilada. Yo no me explicaba la presencia de mi padre allí, en mi casa. Siempre él se llevó muy bien con mi marido, nunca expresó ninguna queja, ningún reproche, ningún desaire contra él. Compartían mucho en común. A veces cuando le hablaba a mi marido, me parecía estar hablando con mi padre y cuando hablaba con mi padre me parecía estar escuchando la voz de mi marido que me respondía  o me reprochaba. Los dos insistieron en que fuera yo quien lo invite y le dé cita en aquella dirección. Ante todas las preguntas que yo hacía, ninguna obtenía respuesta. Todos mis cuestionamientos resbalaban por encima de sus oídos como si nada. Yo me llenaba cada vez más de dudas que no encontraban respuestas ni explicación alguna, dudas que crecían, se agigantaban hasta estallar haciendo el menor ruido posible en la atmósfera de la casa, sin que ellos lo notaran. Con sus palabras lograron exaltar mi ánimo de una manera horrorosa que no podría explicar en simples palabras. Pero todavía no terminaba de descubrir el misterio. Ni ellos tampoco me confirmaban nada. Parecían no saber nada, pero encubrían algo.

En ese momento, sin más explicaciones, me obligaron a escribir una carta dirigida a Aubert en la que lo invitaba a pasar una breve temporada  en las cercanías del río, un lugar que se utilizaba como lugar de descanso y/o para campamentos para muchos visitantes; durante la temporada de verano se colmaba de gente. Pero en Mayo no es la temporada de verano aquí en Francia. Teníamos climas fríos por esa época y ésta era una de las razones que me hacían pensar en la extraña decisión que tomó mi marido de pasar una corta temporada en aquel lugar, invitando a su amigo y en esta época del año. Pasaríamos allí algunos días mi marido, él y yo. Las palabras sonaban frías y palpitantes. Todo era raro. Lo hice porque fui obligada a hacerlo. Escribí la carta que luego fue enviada a Aubert.  Al otro día llegó su respuesta. Yo por dentro temía que él fuera a escribir algo inoportuno en esa carta sobre nuestra secreta relación. Pero cuando mi marido la recibió y la leyó en voz alta, ante mi presencia, mi corazón que lo tenía atravesado en la garganta fue descendiendo de a poco, lentamente, hasta su lugar habitual, a medida que mi marido iba leyendo la breve carta. Aubert de la manera más correcta y encantadora, aceptó la galante invitación, sin hacer la menor referencia a la íntima relación que nos unía tan fielmente.

Al día siguiente, mi marido había encargado a nuestros criados que empacaran nuestras cosas.  Al mediodía ya estaba todo listo para partir. Mi marido se encargó de los últimos arreglos para el viaje y partimos a las dos de la tarde, después de almorzar. Cuando llegamos al lugar comenzamos a desempacar nuestras cosas, mientras aguardábamos la llegada de nuestro querido amigo Aubert pronto a llegar.

Pasó cerca de una hora cuando éste llegó al fin. Todos acomodamos nuestras cosas en sus lugares. Mi marido había encendido la chimenea para contrarrestar un poco el frío de la sala. Disfrutamos luego de un delicioso café y más tarde cenamos los tres juntos entre vivaces charlas. Cerca de las diez de la noche llegó mi padre. Yo estaba muy sorprendida por su llegada, ya que pensaba que él no tenía motivos para estar allí, pero más me sorprendí cuando dijo que pasó a dar una vuelta por la casa porque había imaginado él que ya estaríamos allí a esas horas, y él estaba de paso porque venía de visitar a un amigo suyo que vivía en las cercanías del lugar, según nos contaba.

Le ofrecí quedarse, que otra cosa podría hacer yo debido a su repentina llegada a esas horas de la noche por aquella zona. Era mi padre después de todo. Le sugerí que pasara la noche en la casa y que si quería al otro día, cuando él gustase, podría proseguir con su viaje y demás quehaceres que tanto lo ocupaban a diario. Aceptó quedarse.

Pasaron las horas y ya muy entrada la noche cada uno de nosotros, a sus respectivos turnos y alcobas, nos retiramos a descansar. Nunca pensé que aquella noche se volvería para mí la más terrible y perdurable de las pesadillas que un ser humano no podría sino haberla soñado, haberla vivido en la propia existencia, en propia piel.

En medio de la madrugada me desperté sobresaltada por un sentimiento que me oprimía el pecho, pero no sabía qué era. Desperté porque había oídos voces, gritos y un alboroto tan grande. Giré sobre mi cama y noté que mi marido no estaba a mi lado. De repente gritos y más gritos, insultos, puños, golpes y voces feroces que provenían del comedor y entre ellas reconocía las voces de mi padre, mi marido y Aubert. Me levanté de un salto de la cama, tomé mi bata y salí a averiguar qué era lo que estaba pasando. Primero temí que algún intruso o ladrón  hubiera entrado en la casa, pero para mi desgracia, casi instantáneamente comprobé que ese no era el caso.

Ni bien crucé la puerta, un destello rojo y su estampido mortal me dejaron perpleja ante la escena que estaba viviendo. Yo permanecí muda por un mínimo instante. Aubert había silenciado su voz para siempre. Luego me levanté contra mi padre y mi marido, víctima de un dolor desgarrador, caí encima de ellos golpeándolos enfurecida, gritando en estado de shock. Mi marido de una bofetada me tiró al suelo y caí, derrotada, ahogándome en mis propias lágrimas, en mi propio sufrimiento. Mi padre y mi marido tomaron el cuerpo de Aubert y lo arrojaron al Sena. Lo mataron los dos a sangre fría sin importarles nada. Tomaron su cuerpo con sus propias manos y lo arrojaron al río. Y todavía no me explico cómo fue que ellos supieron lo nuestro, cómo y cuándo se enteraron. Nunca habían dejado antes que se vislumbrara ni siquiera una pizca de su odio, de su sed de venganza, de lo que estaban planeando entre los dos, mi propio padre y mi marido. Ninguno de los dos me había confirmado que sabían lo que estaba pasando entre Aubert y yo. De lo contrario, la situación hubiera arrojado un resultado completamente diferente, yo  hubiera sido capaz de someterme a vivir una callada vida de dolor y sufrimiento dejándolo libre, permitiéndole alejarse y continuar así con su vida, lejos de mí, pero fuera de todo peligro.

Yo debí haberlo anticipado y prevenido. Nunca me lo voy a perdonar, no podré despojarme de aquella atroz pesadilla ni aún cuando se detenga mi corazón en llamas ni cuando se apaguen extinguiéndose en el olvido los tristes recuerdos de mi memoria.

Al poco tiempo de este hecho, todo el pueblo de Le Pecq se encontró conmocionado al enterarse de la atroz desgracia que fue enunciada en la primera plana de los periódicos locales. Desde ese entonces, mi vida no volvió a ser la misma de antes, ya nunca más. Y ahora que pasaron ya los años, y nada ni nadie regresará o cambiará, quiero dejar mi testimonio, despedazado en líquidas palabras que nada pueden solucionar o modificar, para quienes no conocían esta historia y así volcarlo en sus memorias, y dar homenaje a mi amado y adorado Aubert que estará esperando a que vuelva pronto a su lado, donde ya nadie podrá separarnos nunca más; porque los años me han consumido ya bastante, me van devorando lentamente y sólo me queda esperar que llegue el momento del ansiado reencuentro, después de largos años de sufrimiento sin su presencia. Solo me queda esperar el momento en que Aubert vuelva a verme por siempre a su lado, para el cual ya no falta mucho. Y allí permaneceré por siempre.

-Roxana Contreras-

Algo extraño, había en ese cuadro, colgado sobre la pared, que llamaba tanto su atención. Pero él no comprendía bien qué era aquello que cautivaba poderosamente su interés cada vez que lo contemplaba. Durante toda la tarde, sentado en su cocina-comedor, José no dejaba de mirar ese objeto que a la vez tantos recuerdos le traía. No era un retrato ni una pintura. Ese cuadro colgado en la pared enmarcaba una foto.

En esa foto aparecían José, Miguel, Arturo y Juan, amigos entrañables desde hacía muchos años, tantos que José ya había perdido la cuenta. Lo  mismo podían decir el resto de los muchachos, los que quedaban, claro; y podían seguir contándolos. A José esa foto de la muchachada en sus mejores años, de sus queridos amigos, le traía a la memoria los mejores recuerdos: De cuando salían todos juntos de juerga, cuando eran unos jóvenes purretes, o de cuando ya más adultos, se reunían en el barcito de la esquina, punto de encuentro infaltable para ese grupo inseparable.

Así como José guardaba en su memoria los mejores recuerdos, también daban vueltas por su cabeza algunas amarguras que dejaron manchados algunos recuerdos con absurdas peleas confusas que empezaron, en ese entonces, a desmoronar, poco a poco, la amistad y el respeto que en cada uno de ellos había hacia cada uno de los otros. Como la vez que Arturo fue a encararlo a Miguel, completamente furioso cegado por la ira, bajo los efectos que ejercieron sobre él la influencia de un comentario que Juan había hecho. Resultó ser que Juan le había dicho a Arturo que había visto a su mujer andando por la calle con Miguel en una manera que, a su parecer, era un tanto sospechosa y extraña. Arturo enfurecido y completamente fuera de sus cabales, lo fue a buscar a Miguel ese día en el bar y éste, desprevenido, se ligó una paliza que si no hubiera sido por José que estaba ahí para separarlos y calmarlo a Arturo, no sé qué hubiera pasado. Miguel tenía cara de no entender nada de lo que estaba sucediendo en ese momento, y creo que nunca terminó de entenderlo. En realidad, nunca nadie supo bien qué hubo de cierto y de incierto sobre aquel rumor. Pero la verdad fue que desde ese momento, Arturo odió a Miguel de por vida, o por lo menos hasta donde lo que la vida de Miguel duró.

Pero todo eso ahora forma parte del baúl de los recuerdos que José atesora, quien con sus cincuenta años lleva una vida solitaria y monótona, enriquecida solo por esos instantes en que lo visitan sus recuerdos del pasado, que llegan a sus días para darle un poco de brillo a sus tardes.

José vivía solo ya que hasta ahora no había conseguido casarse por no haber encontrado a la mujer de sus sueños o por haber dejado pasar, reiteradas veces, la oportunidad de conocerla, costumbre que se tornó cada vez más repetitiva. Su grupo de amigos, tan unidos e inseparables en otras épocas, se había separado hacía ya algunos años por diferentes motivos. Por un lado, la inesperada muerte de Miguel que había causado un fuerte impacto y un hondo dolor para todos, creando ya un surco inmenso que comenzó a quebrar la relación que había entre los muchachos del grupo. Nadie tenía palabras para explicarse su repentina muerte. Por otro lado, un tiempo más tarde, el alejamiento de Juan, con su mudanza y el comienzo de su vida de casado, lo apartó de lo que quedaba de aquel grupo de amigos. Al único que José seguía viendo cada tanto, era a Arturo, quien seguía viviendo, con su mujer y su hijo, cerca de su casa.

José apartó su mirada del cuadro por un instante, terminó de tomar mate, acomodó sus cosas, limpió la mesa y se fue al living a ver un poco de tele, ya eran como las siete de la tarde. Miró el noticiero, después se enganchó con una película que no terminó de ver porque se había quedado completamente dormido en el sofá.

Tocaron el timbre de su puerta, José fue a ver quién era el que venía a estas horas de la noche por su casa. Le resultó extraño porque era ya muy tarde. Al abrir la puerta, entró de repente Miguel como enojado. Había algo extraño en su aspecto y en su mirada que José trataba de descifrar y no lo conseguía. Miguel quería ver a Arturo, estaba enojado y a la vez herido. En sus ojos se reflejaba claramente una terrible sed de venganza. José estaba sorprendido y no entendía del todo lo que estaba ocurriendo, lo único que llegó a decirle es que Arturo debería estar en su casa ahora con su familia y que no lo encontraría aquí. De repente, Miguel sacó un arma y lo empujó a José a un lado. Como un loco shockeado por una confusión de sentimientos y emociones, con una mezcla de furia, enojo, tristeza, lamento e inocencia, con lágrimas en los ojos y con su arma en mano, buscó por toda la casa hasta que lo encontró.

Allí estaba Arturo yendo de la cocina al living. José no entendía nada, no entendía qué hacía Arturo ahí, en su casa. José estaba transpirado, agitado y se sentía impotente porque cada palabra que emitía y cada cosa que hacía para detener esa escena, no producía ningún efecto, ni alteraba el desarrollo de esa horrorosa situación. Él no podía hacer nada por mucho que lo intentase. Sin dudarlo, Miguel levantó el arma, apuntó directo a su cabeza y disparó. Sus ojos derramaban gruesas lágrimas de lamento, dolor, furia, inocencia y absolución, como si no quisiera hacer lo que estaba haciendo, pero no tenía otra opción, Arturo lo había hecho primero. Sin piedad, le había quitado la vida a un inocente que nunca entendió el por qué de lo que su fiel amigo le había hecho: Quitarle la vida, cegado por la ira y sus celos desenfrenados. Así, aquel día, que ya había quedado muy lejos en el tiempo, Arturo había decidido ponerle punto final a la relación que había entre su propia mujer y su mejor amigo Miguel. Relación que nunca fue tan real como Arturo lo había creído. Fue un absurdo malentendido que los separó y puso fin a su amistad de cristal. Pero sin siquiera imaginarlo, por más imposible que pareciera, ahora la situación se revertía…

Un solo disparo sordo fue suficiente. En el pasillo, entre la cocina y el living de la casa de José, estaba tirado en el piso el cuerpo de Arturo.

Sonaba el teléfono. José se despertó de un salto, afligido, bastante exaltado y agitado por la pesadilla que había tenido. No alcanzó a atender enseguida, pero al instante, volvió a sonar el teléfono y cuando José atendió, una voz conocida le daba una triste noticia. Era la mujer de Arturo que lo llamaba para decirle que encontraron a Arturo muerto.

Su familia había salido y él se había quedado solo en su casa y cuando su mujer y su hijo volvieron, lo encontraron ya sin vida tendido en su cama. Algunos suponen que pudo haber sido un ataque cardíaco; se descarta que haya sido el resultado de un violento asalto, o algo por el estilo, ya que no había rastros de sangre en el lugar ni en el cuerpo, tampoco había evidencias de golpes o maltrato, además todos los objetos de valor, y los de no tanto valor, que había en la casa estaban normalmente en su lugar, no faltaba nada. Fue una muerte extraña, todavía no encuentran la causa exacta. Tampoco se explican esa misteriosa marca en su frente, singular herida profunda como nunca antes nadie vio cicatrizada en ningún otro cuerpo sin vida.

José colgó el teléfono quedando perplejamente pensativo. Ahora comprendía quién había sido el culpable de la muerte de Miguel y no podía creerlo. Ahora comprendía que Miguel había sido víctima de una gran e injusta confusión, un fatal malentendido. Ahora comprendía en qué consistía la venganza de Miguel y sus razones para llevarla a cabo. José, el único testigo en los límites de lo inexplicable, entendió todo hasta lo inimaginable. Finalmente, pudo interpretarlo todo en la sensación que le transmitía la indescifrable mirada de su amigo del alma.

 

Fin

-Roxana Contreras-

 

 

Otro domingo aburrido

nos resume breves

miradas opacas

a través de la ventana…

La rutina nos consume

como de costumbre

y nos re descubrimos

en un espejo agotado

convertidos en monstruos impertinentes

que no se disponen a tolerar

más

días así.

Un asalto repentino

de prófugas palabras

me arrebatan mil ideas…

Se condensan en la niebla

un poco más espesas

logro atraparlas y volcarlas

encerrarlas para siempre

en la jaula abarrotada por

la blancura del papel digital

y con ellas logro

darle una pisca de color

a un domingo siempre gris

con esperanzas, de renovar aires,

que vienen y se van.

 

Written by: Roxana Contreras

 

Eternal

Escucho su melodía,
la voz de su alma
grita encendida,
los vientos del alba
traen hasta mi
su grito de fuego
emblema impregnado
de ardiente pasión.

Mis ventanas abiertas
hacia lo que nunca sucederá
miran esperanzadas
ciegas y sedientas de aventuras irreales.

Esperando lo que nos llegará a todos
en algún momento,
perdido y silencioso,
lleno de nada,
mi destino aflora intocable:
-tu alma encadenada
a mi fantasma de fuego
vivirá eterna las noches sin sueño
en el umbral del abismo
expectante de promesas vanas
esperando sin descanso
repitiéndose una y mil veces más…
-cuando llegue el fin quiero vestirme de mar
y envolverme en su azul profundo
en mi último y más profundo refugio
artilugio de barro en mi ultimo juego sucio
cimentado sobre las bases de este incansable insomnio
de nunca acabar.

Roxana Contreras.

“STORM IN THE DESERT”

High in the sky,

invisible the moon reminds,

covered with grey and silver dust

hiding its marvellous secret behind.

Black, enormous and wild clouds

emerging from the depth of ice-made castles

bump into the dark pain

like stuck icy-swords

in a wounded heart.

But there is still a feeling

that makes you tremble and fear

when in the middle of all and nothing

the obscure, wise creature flies,

high in the sky,

showing up sarcastic,

demanding to be

the king of this land.

Terrible whirlwind of fire and sand

breaking into my soul and the night

to take everything that is left

that´s what you are.

Roxana Contreras.

Busco palabras
detrás de incontables muros.

Sigo buscándolas,
hasta prefijar el color de la aurora
encendida…

Me miro por dentro
y me temo:
Miedo de no encontrar al fin
mi tesoro prometido en estrellas.

O de hallarlas nacidas muertas,
derramadas al infinito abierto.

Roxana Contreras.


Tu noción inconsciente
de mis sentimientos
genera delirios
en mi parecer.

Se invierten los colores
cuando las luces se tornan sombras
y frente a mí, tu presencia se impone
por el solo hecho de ser…

… tu destino.

Los pensamientos que ocultan
desgarrados sentimientos
sólo son la muestra
de la unión en la individualidad…

Con un vacío lleno de soledad
ya he decidido por mí,
pero si me voy es para encontrar
la esencia propia que perdí,
busco la memoria de los recuerdos
de todo aquello que fue
y que por haberse ido
ya jamás volverá.

Roxana Contreras.

Palabras

Tiñen la atmósfera
las palabras de Julio
salpicando el aire.

Entre fábulas, relatos y poemas
me pierdo y me encuentro
en un laberinto de causas.

Pienso en la ausencia,
me demora una espera extendida
en un tiempo efímero
donde nace y muere.

Hace tiempo
mis palabras no me abrazaban,
no me envolvían…
Ahora, se zambullen al espacio,
salpicadas de lumbre de auroras infinitas.

Roxana Contreras.

El oro de la tarde
cifrado en aires de fuego
lejano, reluciente, eterno,
denota la transparencia
reflejada en tus ojos.

Delirios de hielo y fuego
revolotean sobre mi alma
como hojas de un otoño
olvidado… desecho.

Cuando tu ausencia
apaga el brillo de tus ojos,
mi ser colmado de tristeza
se delira en las reminiscencias
de tu perfume impregnado a mi cuerpo.

La presencia circular del tiempo
reitera cada instante,
y destaca lo elemental de cada jornada:
Lumbre de tu existencia
derramada sobre mi alma.

Roxana Contreras.


Si morir es vivir la eternidad

quisiera vivir eternamente,

insinuoso destino donde urgente

mi alma desahoga su verdad.


Un sentimiento triste y visceral

confunde corazones simplemente,

aleja razones falsamente

pero no alcanzará mi hostilidad.


Hoy te alejas encubierto de engaños,

envuelto entre palabras tan ajenas…

Ha de llegar el día del regreso…


Aunque pasen los meses y los años

soportando mi vida tanta pena

en la huella de un imposible beso.

Roxana Contreras.


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